Rosa Luxemburgo el precio de la libertad

La izquierda política sólo en contadas ocasiones ha sabido presentar sus ideas abstractas sobre la libertad y la emancipación tanto del individuo como de la sociedad en una forma tal que resultaran comprensibles, y sobre todo atractivas para las personas menos politizadas. Frecuentemente, la izquierda política intentó compensar este defecto evocando los testimonios de los héroes de la libertad de un pasado remoto, para que eso le permitiera manifestar sus propias buenas intenciones. Se recordaba a Espartaco, los hermanos Graco, Tomás Muentzer o Tomaso Campanella, a Jacques Roux, Gracchus Babeuf, Charles Fourier o a Robert Owen, a Friedrich Engels, Mikhail Bakunin, Ferdinand Lasalle o Pjotr Kropotkin. Después también se eligieron otras personas contemporáneas: August Bebel y Clara Zetkin, Wladimir Iljitsch Lenin y Augusto Sandino, Karl Liebknecht, Leo Trotzky, Josef Stalin y Mao Tse Tung, Patrice Lumumba, Ho Chi Minh y Frantz Fanon. Sin embargo, si actualmente uno participa en una manifestión, no importa en qué lugar del mundo, queda poca presencia visible de todos ellos.

Salvo algunas excepciones. Uno de ellos que casi siempre forma parte de todo esto, pero en cierto modo flota en el aire por encima de todo, y por tanto frecuentemente se olvida su mención, es un judío alemán de la ciudad de Tréveris: Karl Marx. Junto a él quedan solamente las imágenes de tres seres humanos, que son mostradas en casi todo lugar: la de una judía polaca, asesinada de forma bestial en Alemania; la de un argentino, que cayó el año de 1967 en Bolivia en las garras de sus asesinos; y la de un italiano, al que los fascistas liberaron en 1937, después de varios años de reclusión, sólo para dejarlo morir: de Rosa Luxemburg, de Ernesto Che Guevara y de Antonio Gramsci.

Los tres no solamente materializan esa congruencia poco común entre la palabra y la acción. Los tres representan también un pensamiento propio, que no se sometió a doctrina o aparato alguno. Y: Los tres pagaron por sus convicciones con la vida. Fueron llevados a la muerte no por sus contrarios en el propio campo, sino por el enemigo, lo que no era normal en absoluto en el siglo XX.

Junto con todo esto, Rosa Luxemburg y Antonio Gramsci tienen todavía otra cosa en común: Nunca se encontraron en una situación en la que se prestaran al ejercicio del poder de Estado, o en que sus manos quedaran manchadas por participar en un régimen dictatorial o hasta totalitario. La socialdemócrata y cofundadora del Partido Comunista de Alemania, Rosa Luxemburg, ya no tuvo que preocuparse por el ascenso de Stalin después de aquel enero de 1919, cuando fue derribada a culatazos, y finalmente la mataron de un tiro por la espalda. El socialdemócrata y cofundador del Partido Comunista de Italia, Antonio Gramsci, fue encarcelado en su patria a partir de 1926, hasta que la enfermedad le avanzó casi hasta la muerte. Sólo Ernesto Che Guevara fue un político líder en el gobierno de Cuba revolucionaria, no obstante, pronto prefirió la lucha abierta que le llevaría a la muerte, que estar presente como parte de la nueva clase dominante.