El vecino peligroso

El presidente estadounidense Donald Trump está tomando medidas drásticas contra los migrantes. Las élites del país los consideran chivos expiatorios bienvenidos. Sin embargo, la postura intransigente del gobierno estadounidense podría volverse en su contra en algún momento, escribe Laura Carlsen*.

A pesar de tantas otras calamidades en el mundo en Estados Unidos la población sigue la noticia que gira alrededor de la obsesión de Jeffrey Epstein por los cuerpos de las niñas y mujeres jóvenes y la red de trata con fines sexuales que mantuvo y que podría involucrar algunos de los hombres más influyentes del mundo. El presidente Trump, amigo cercano de Epstein por décadas, ahora enfrenta una rebelión en su base MAGA por ocultar información que les había prometido en campaña.

Es un alivio ver que en EEUU aún existe una cultura política capaz de condenar la trata de personas por fines de explotación sexual, aunque toque al intocable, Donald Trump. Sin embargo, hay otra obsesión que también destruye vidas, viola las leyes y la dignidad humana, y que se lleva a cabo desde la impunidad del poder sin encubrirse. Es la obsesión del gobierno de Trump contra las personas migrantes.

Desde el primer día de su gobierno, Trump ha tomado acción tras acción en contra de la mera existencia de familias migrantes en el país. Medidas como negar el derecho al asilo, eliminar el derecho a la ciudadanía de los y las bebés nacidos en EEUU de madre migrante y deportar migrantes con estatus legal van más allá de cualquier pretexto de resguardar las fronteras, que, dicho sea de paso, jamás han presentado amenazas a la seguridad nacional. Reflejan, por un lado, un desprecio absoluto hacia un sector importante de la sociedad y la economía del país, y por otro el diseño de un futuro de franca supremacía blanca y dominación oligárquica. Aunque las cortes han declarado ilegales varias de estas medidas, el mensaje de miedo, incertidumbre y amenaza ha calado hondo en comunidades migrantes y también en comunidades en que conviven migrantes y no migrantes desde hace siglos.

El discurso anti-migrante se ha vuelto tan conocido que a veces se nos olvida preguntar: ¿Por qué esta saña contra migrantes? O para ser preciso, ¿por qué esta saña contra migrantes del Sur Global en los Estados Unidos?

Contra la migración a nivel emocional y estratégico

Al principio cuando la derecha empleó el discurso anti-migrante, lo vimos como un “wedge issue”–un tema que no es necesariamente central en la agenda política, pero que sirve para dividir a la población entre ellos y nosotros con fines electorales y movilizar a la base. El mensaje antiinmigrante promueve sentimientos profundos de racismo y xenofobia y tiene la ventaja para las élites de desviar el descontento por la inseguridad laboral, cultural y social hacia un sector redefinido como “enemigo interno”.

Con los años, se vio que los discursos contra las personas migrantes del sur global al norte global forman parte integral de la agenda de la ultraderecha y Trump es solo un ejemplo. Se cruzan las razones emocionales y estratégicas, que se ejemplifican en el equipo de Trump. Para el subdirector del Gabinete de Políticas de la Casa Blanca Stephen Miller, es un odio visceral, como se vio hace poco en su visión delirante de la ciudad de Los Ángeles si no tuviera ningún migrante. Para el ex-aliado Elon Musk y los empresarios, es la eliminación de mano de obra (morena) sobrante en la transición a la automatización del trabajo. Para los supremacistas blancos es el racismo puro y la venganza por el Gran Reemplazo. Y para el partido Republicano es reducir un sector demográfico que tiende a votar demócrata.

Se busca cambiar la estructura de la sociedad estadounidense al largo plazo. El presupuesto que firmó Trump el 4 de julio asigna un récord $170.1 mil millones de dólares para nuevos gastos en medidas anti migrantes. El gobierno afirma que en 2025 habrá una migración neta negativa, frente al aumento neto de 2,8 millones de personas en 2024.

En junio, el gobierno anunció que había deportado 207,000 personas. En 2024 fueron deportados más que 270,000 en el año fiscal. Lo que es indisputable es el aumento de personas privadas de su libertad en centros de detención–25% en los primeros 6 meses, llegando a un promedio de 50,000.

Si la meta es reducir la población migrante en el país, ¿por qué invertir en detención en lugar de expulsión? Es muchísimo más caro, va en contra de las exigencias de los países de origen que piden el retorno, y requiere mayor infraestructura que actualmente no existe. En el contexto de una economía que empieza a sentir las consecuencias de los recortes en servicios de salud, investigación científica, protección ambiental y muchos otros servicios gubernamentales esenciales, y también de la carestía causada por los aranceles, la política de detención masiva no tiene sentido.

Obviamente, no estoy abogando por ninguna de las dos opciones. Pero la pregunta vale la pena porque la respuesta revela la lógica subyacente en todo lo que hace Trump. Es un gran negocio. Los centros de detención son empresas privadas que funcionan con contratos lucrativos del sector público para encarcelar a migrantes en condiciones infrahumanas. Los dueños donan millones de dólares a las campañas de los políticos. Solo por dar el ejemplo del más reciente, según Bloomberg para el proyecto de construir un centro para alojar migrantes en tiendas de campamento en Fort Bliss, Texas el pueblo estadounidense pagará más de $1.2 mil millones de dólares a Acquisition Logistics Company.

La obsesión de Epstein lo dejó muerto en una celda en Nueva York. La obsesión de Trump contra migrantes también podría ser su ruina. Las últimas encuestas muestran mayor rechazo a las medidas anti migrantes, que muchos consideran crueles. Gallup reporta que 79% dicen que la inmigración beneficia al país, y solo 35% aprueban la política a migratoria de Trump. Las protestas contra las redadas en Los Ángeles son solo el inicio de las manifestaciones de inconformidad. Quizás incluso los ricos y poderosos tendrán que pensárselo dos veces antes de pisotear los derechos y los cuerpos de los demás para su propio beneficio.

*Laura Carlsen A pesar de tantas otras calamidades en el mundo en Estados Unidos la población sigue la noticia que gira alrededor de la obsesión de Jeffrey Epstein por los cuerpos de las niñas y mujeres jóvenes y la red de trata con fines sexuales que mantuvo y que podría involucrar algunos de los hombres más influyentes del mundo. El presidente Trump, amigo cercano de Epstein por décadas, ahora enfrenta una rebelión en su base MAGA por ocultar información que les había prometido en campaña.

Es un alivio ver que en EEUU aún existe una cultura política capaz de condenar la trata de personas por fines de explotación sexual, aunque toque al intocable, Donald Trump. Sin embargo, hay otra obsesión que también destruye vidas, viola las leyes y la dignidad humana, y que se lleva a cabo desde la impunidad del poder sin encubrirse. Es la obsesión del gobierno de Trump contra las personas migrantes.

Desde el primer día de su gobierno, Trump ha tomado acción tras acción en contra de la mera existencia de familias migrantes en el país. Medidas como negar el derecho al asilo, eliminar el derecho a la ciudadanía de los y las bebés nacidos en EEUU de madre migrante y deportar migrantes con estatus legal van más allá de cualquier pretexto de resguardar las fronteras, que, dicho sea de paso, jamás han presentado amenazas a la seguridad nacional. Reflejan, por un lado, un desprecio absoluto hacia un sector importante de la sociedad y la economía del país, y por otro el diseño de un futuro de franca supremacía blanca y dominación oligárquica. Aunque las cortes han declarado ilegales varias de estas medidas, el mensaje de miedo, incertidumbre y amenaza ha calado hondo en comunidades migrantes y también en comunidades en que conviven migrantes y no migrantes desde hace siglos.

El discurso anti-migrante se ha vuelto tan conocido que a veces se nos olvida preguntar: ¿Por qué esta saña contra migrantes? O para ser preciso, ¿por qué esta saña contra migrantes del Sur Global en los Estados Unidos?

Contra la migración a nivel emocional y estratégico

Al principio cuando la derecha empleó el discurso anti-migrante, lo vimos como un “wedge issue”–un tema que no es necesariamente central en la agenda política, pero que sirve para dividir a la población entre ellos y nosotros con fines electorales y movilizar a la base. El mensaje antiinmigrante promueve sentimientos profundos de racismo y xenofobia y tiene la ventaja para las élites de desviar el descontento por la inseguridad laboral, cultural y social hacia un sector redefinido como “enemigo interno”.

Con los años, se vio que los discursos contra las personas migrantes del sur global al norte global forman parte integral de la agenda de la ultraderecha y Trump es solo un ejemplo. Se cruzan las razones emocionales y estratégicas, que se ejemplifican en el equipo de Trump. Para el subdirector del Gabinete de Políticas de la Casa Blanca Stephen Miller, es un odio visceral, como se vio hace poco en su visión delirante de la ciudad de Los Ángeles si no tuviera ningún migrante. Para el ex-aliado Elon Musk y los empresarios, es la eliminación de mano de obra (morena) sobrante en la transición a la automatización del trabajo. Para los supremacistas blancos es el racismo puro y la venganza por el Gran Reemplazo. Y para el partido Republicano es reducir un sector demográfico que tiende a votar demócrata.

Se busca cambiar la estructura de la sociedad estadounidense al largo plazo. El presupuesto que firmó Trump el 4 de julio asigna un récord $170.1 mil millones de dólares para nuevos gastos en medidas anti migrantes. El gobierno afirma que en 2025 habrá una migración neta negativa, frente al aumento neto de 2,8 millones de personas en 2024.

En junio, el gobierno anunció que había deportado 207,000 personas. En 2024 fueron deportados más que 270,000 en el año fiscal. Lo que es indisputable es el aumento de personas privadas de su libertad en centros de detención–25% en los primeros 6 meses, llegando a un promedio de 50,000.

Si la meta es reducir la población migrante en el país, ¿por qué invertir en detención en lugar de expulsión? Es muchísimo más caro, va en contra de las exigencias de los países de origen que piden el retorno, y requiere mayor infraestructura que actualmente no existe. En el contexto de una economía que empieza a sentir las consecuencias de los recortes en servicios de salud, investigación científica, protección ambiental y muchos otros servicios gubernamentales esenciales, y también de la carestía causada por los aranceles, la política de detención masiva no tiene sentido.

Obviamente, no estoy abogando por ninguna de las dos opciones. Pero la pregunta vale la pena porque la respuesta revela la lógica subyacente en todo lo que hace Trump. Es un gran negocio. Los centros de detención son empresas privadas que funcionan con contratos lucrativos del sector público para encarcelar a migrantes en condiciones infrahumanas. Los dueños donan millones de dólares a las campañas de los políticos. Solo por dar el ejemplo del más reciente, según Bloomberg para el proyecto de construir un centro para alojar migrantes en tiendas de campamento en Fort Bliss, Texas el pueblo estadounidense pagará más de $1.2 mil millones de dólares a Acquisition Logistics Company.

La obsesión de Epstein lo dejó muerto en una celda en Nueva York. La obsesión de Trump contra migrantes también podría ser su ruina. Las últimas encuestas muestran mayor rechazo a las medidas anti migrantes, que muchos consideran crueles. Gallup reporta que 79% dicen que la inmigración beneficia al país, y solo 35% aprueban la política a migratoria de Trump. Las protestas contra las redadas en Los Ángeles son solo el inicio de las manifestaciones de inconformidad. Quizás incluso los ricos y poderosos tendrán que pensárselo dos veces antes de pisotear los derechos y los cuerpos de los demás para su propio beneficio.

*Laura Carlsen es Directora del centro de relaciones internacionales Mira: Feminismos y Democracias. Es ciudadana mexicana/estadounidense y vive en la Ciudad de México donde trabaja como analista política, comentarista de medios y en el acompañamiento a movimientos sociales.

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